La vida que aún se adivina entre las piedras sigue presente en las laderas del Valle de Karrantza, donde cabañas y abrigos pastoriles de Ordunte aparecen como rectángulos de piedra, muros incompletos o losas sueltas que emergen entre brezos y helechos; restos de los refugios donde generaciones de pastores pasaron la noche junto a sus rebaños y que, si nadie nos explicara su historia, podríamos pasar por alto mientras caminamos, aunque conocerlos transforma por completo la manera de mirar estas montañas de Enkarterri.
Pero aquellas piedras fueron cabañas. Tal vez un pastor se resguardó dentro después del ordeño; quizá dejó unas ollas al fresco cerca de un arroyo y durmió atento al ganado. No sabemos quién ocupó cada construcción ni en qué fechas exactas. Sí conocemos, gracias al trabajo de campo y a los testimonios de pastores y lugareños, la forma de muchas de ellas y la función que desempeñaron en la vida de la sierra.
La investigación de Enrike Ibabe Ortiz, publicada en Kobie, inventarió 54 cabañas y 18 abrigos en las laderas carranzanas de Ordunte, Mesada y las campas de Ribacoba. No es una cifra de construcciones que permanezcan intactas ni un censo actualizado: describe lo que el autor pudo localizar en su momento, en su mayoría ruinas. Aun así, basta para entender que estamos ante un paisaje pastoril extenso y complejo.

Ordunte y Mesada: una montaña habitada
Desde la zona de La Calera y Aldeacueva hasta las laderas de Lanzas Agudas, Bernales, Pando y las campas de Ribacoba, las cabañas aparecen ligadas a pastos, pasos de montaña, fuentes, arroyos y corrales. Hay refugios junto a un contrafuerte que corta el viento, otros en una plataforma herbosa desde la que se domina el ganado y alguno tan próximo a la cresta que cuesta imaginar una noche de temporal allí arriba.
Ordunte reúne pastizales, brezales y argomales en las partes altas; en las laderas y cabeceras de los arroyos crecen los hayedos. El pastoreo extensivo ha constituido uno de los usos históricos principales de estos montes. El cordal de Ordunte fue declarado Zona Especial de Conservación de la Red Natura 2000 en 2015 por sus valores naturales. La declaración ayuda a comprender el paisaje actual, aunque no equivale a una protección patrimonial individual de cada cabaña.
Mesada aporta otra escala, más recogida. En torno a La Rueda, La Calera y el arroyo de La Tabla, el inventario pasa de unas ruinas en una explanada a un abrigo bajo la roca y, poco después, a otra cabaña situada ladera arriba. No estamos ante puntos elegidos al azar: la posición del agua, la pendiente y la posibilidad de protegerse condicionaban dónde tenía sentido levantar un refugio.
Mapa de las cabañas y abrigos pastoriles de Ordunte
Los puntos muestran las ubicaciones recogidas por Enrike Ibabe Ortiz en su estudio de 2004/2005. Son una ayuda para comprender cómo se distribuían los refugios por las laderas de Karrantza, no una ruta señalizada ni una comprobación de su estado actual. Las coordenadas se han convertido a partir del inventario original. Algunas construcciones están en ruinas, pueden encontrarse entre la vegetación o carecer de acceso sencillo.
El refugio pastoril: lo indispensable
Lo primero que sorprende al conocer las medidas es su tamaño. En las cabañas estudiadas, se calculó una superficie interior media algo inferior a los 6 m². Algunas apenas permitían ponerse de pie. Vista desde la comodidad de una casa, aquella estrechez parece difícil de entender; vista desde la jornada de un pastor, responde a una necesidad concreta: disponer de un lugar donde pasar la noche y vigilar el rebaño.
En estos refugios de montaña no se elaboraba queso. Tras dormir arriba, los pastores bajaban al valle con la leche del ordeño de la tarde y de la mañana. La cabaña no sustituía al hogar del pueblo; hacía posible permanecer junto a los animales cuando la distancia, el tiempo o la vigilancia lo exigían.
Las paredes solían levantarse con piedra arenisca colocada en seco, sin argamasa. Sobre ellas descansaba una estructura de madera, rematada con losas o con tepes, porciones de tierra trabadas por la hierba y sus raíces. Donde había losas disponibles, se preferían para cubrir la cabaña; en otros lugares se recurría a los tepes. También existía la costumbre de extender estiércol de oveja sobre esas cubiertas para mejorar su resistencia al agua.
El interior tenía una lógica tan sencilla como precisa. En algunas cabañas, un tronco atravesado (la palanca) separaba de forma práctica el espacio del fuego y el del descanso. El camastro, llamado camareta, podía hacerse con varas de avellano y una capa de brezo o helecho. El refugio recupera algo de la vida cotidiana: dónde sentarse, dónde prender fuego, dónde intentar dormir.
Cabañas y abrigos: dos maneras de buscar resguardo
No todas las construcciones del inventario responden al mismo modelo. La cabaña se levantaba con muros y cubierta; el abrigo aprovechaba una cueva pequeña, una oquedad o el saliente de una roca, a veces completados con un murete o unas losas. Es una diferencia importante. En ambos casos había intención de protegerse, pero en el abrigo la montaña ya había construido una parte del refugio.
En Mesada, el abrigo conocido como La Cabañuca utilizaba el vuelo de un contrafuerte rocoso y conservaba, cuando Ibabe lo examinó, parte de las losas que completaban la cubierta. Cerca de allí documentó El Cubío, una pequeña cueva cuya boca parecía amplia, aunque el techo descendía enseguida y hacía difícil mantenerse erguido. Más abajo, hacia el arroyo de La Tabla, describió otro abrigo llamado Cabaña de la Tabla.
Conviene detenerse un momento en el nombre cubío. En Karrantza aparece, con variantes como cobío o cubillo, asociado a pequeñas cuevas y oquedades. Refugios semejantes podían servir para mantener fresca la leche. Eso no significa que todos los cubíos inventariados cumplieran esa función: para cada caso hay que atender a sus restos y a los testimonios concretos.
Del Saltipiñía a Balgerri: refugios con nombre propio
Entre estos refugios destaca la cabaña de Gumadernia, también referida como Umadernia. Con 17,70 m², era mucho mayor que la media. Se ubica en una plataforma herbosa sobre la vertiente del río La Calera y la cubierta original de losas fue sustituida más tarde por chapa, no habiéndose comprobado recientemente su estado.
En la zona de Saltipiñía aparecen cabañas, un abrigo y los fondos de otras construcciones próximas. El estudio sigue después hacia Salduero, Peñalta y La Brena. Allí el terreno conserva nombres que orientaban a quienes lo recorrían, aunque no siempre hay acuerdo sobre su aplicación exacta. Esa cautela sigue siendo la mejor forma de contar el lugar.

Más al este, en las laderas que miran a Lanzas Agudas, sobresale la Cabaña de los Frailes, bajo Balgerri, caracterizada por sus rasgos excepcionales de construcción: aún conservaba la cubierta de losas, un marco de madera en la entrada y señales del hogar en el interior. Su petición de atenderla era ya urgente hace dos décadas. No sería honesto afirmar que hoy sigue en el mismo estado sin visitarla de nuevo.
Hacia Bernales, el inventario nos lleva al Cornezuelo, Solabrena y Las Estacas. En la calleja de Juan García, se registra una cabaña que todavía mantenía su cubierta de tepes. La de Las Estacas, cerca de la divisoria con el Valle de Mena, conservaba entonces las losas del tejado. Dos cubiertas distintas, levantadas para la misma necesidad de cobijo. Al llegar a Ribacoba, aparecen los fondos de varias cabañas junto a los ilsos, los mojones de un espacio de límites compartidos. En la nº 71, uno de esos hitos formaba parte del muro.
La vida alrededor de la cabaña
Una cabaña sola dice poco; una cabaña con su entorno cuenta una historia. Los corrales próximos a La Brena o a Gumadernia hablan del manejo de los animales; los senderos muestran por dónde se llegaba desde los barrios; una fuente o un arroyo explican decisiones que desde un mapa pueden parecer extrañas. Así cobra sentido el conjunto: los refugios eran una pieza de un modo de trabajar la montaña.
Pero ninguna piedra trabajó sola. Detrás de esos muros estuvieron las personas que subían con el ganado, conocían los pastos y regresaban una y otra vez a la sierra. Desde Gailurretan queremos recordarlas también por sus nombres. En Lanzas Agudas compartimos algunos ratos con los hermanos Mújica Barreras, especialmente con Benjamín, fallecido en 2025 a los 92 años. Esos encuentros nos acercaron a quienes mantuvieron vivo el pastoreo; al hablar de las cabañas, pensamos también en ellos y en tantas otras personas del valle cuya experiencia no siempre quedó escrita.
La memoria de los lobos y de aquellas noches en vela junto al ganado sigue presente en muchas historias del valle, y ayuda a entender por qué tantas cabañas quedaron abandonadas cuando esa amenaza empezó a desaparecer en los años sesenta. Aun así, reducir cada ruina a una sola causa sería simplificar demasiado: la evolución de los usos ganaderos, el mantenimiento que dejó de hacerse y el paso del tiempo completan un proceso mucho más amplio.
También conviene recordar que no todo muro en la sierra fue necesariamente un abrigo pastoril. En la parte baja de Solabrena, por ejemplo, hay construcciones que podrían relacionarse con el carboneo, y algunos pequeños refugios plantean dudas sobre su función original. Dejar espacio a esas incertidumbres hace el paisaje más sugerente, porque permite imaginar distintas vidas posibles entre las piedras.

Un patrimonio que se borra despacio
Al terminar su inventario, Ibabe señalaba que solo cuatro de las 54 cabañas conservaban la cubierta: las de Las Estacas, Los Frailes y Saltipiñía, con losas, y la de la calleja de Juan García, con tepes. La cifra retrata un momento de la investigación, no el estado de las construcciones en la actualidad. Para conocerlo haría falta una nueva revisión sobre el terreno.
Desde Gailurretan, en Lanzas Agudas, la proximidad de estos montes invita a mirar el valle de otra manera. No hace falta convertir sus ruinas en un reclamo de aventura. Basta entender cuánto trabajo había detrás de un muro bajo: elegir el emplazamiento, subir la piedra, ajustar la cubierta y regresar una noche tras otra mientras el ganado permanecía arriba.
Quien camine por Ordunte o Mesada puede acercarse a esta historia con curiosidad y cuidado. Muchas estructuras son ruinas frágiles, están entre la vegetación o próximas a terrenos de uso ganadero. No conviene mover piedras, subir a los muros ni entrar en cubiertas inestables. Tampoco las coordenadas de un inventario antiguo garantizan un acceso sencillo o un sendero practicable. A veces la mejor forma de conocer una cabaña consiste en reconocerla desde fuera, dejarla tal como está y seguir andando.
De vuelta al valle, permanece una imagen modesta: una losa junto a un muro y, al otro lado, la ladera abierta. Donde hoy cuesta distinguir una habitación, alguien encontró durante años el espacio suficiente para esperar la mañana. Esa huella humana merece que aprendamos a verla antes de que desaparezca.

El senderismo ofrece hoy una forma pausada de acercarse a este paisaje. En nuestro perfil de Gailurretan en Wikiloc hemos reunido rutas por el entorno de las sierras de Ordunte y Mesada, con recorridos como Balgerri desde Lanzas Agudas, Lanzas Agudas–Burbuñete–Haitza, la Senda del Guarda hasta Las Arroturas, el sendero del río Balgerri o la subida a Burgüeno desde Montañán.
Para quienes quieran descubrir también el paisaje modelado por el agua, en el blog de Gailurretan reunimos siete rutas de senderismo con cascadas por los Montes de Ordunte, una propuesta que recorre senderos fluviales, barrancos y saltos de agua del Valle de Karrantza. Estos itinerarios ayudan a leer sobre el terreno el paisaje pastoril del que habla este artículo, aunque no deben entenderse como rutas específicas para localizar o acceder a todas las cabañas y abrigos inventariados.
Fuentes de referencia
Este artículo nace del estudio de campo de Enrike Ibabe Ortiz, que documentó las cabañas y los abrigos de Ordunte y Mesada con ayuda de personas conocedoras del valle. Para situar ese inventario en la historia del pastoreo hemos consultado también la investigación etnográfica de Etniker; los trabajos de Isabel Echevarría Isusquiza ayudan a leer con prudencia los nombres del terreno, y la documentación del Gobierno Vasco y de la Diputación Foral aporta el contexto natural actual. A esas fuentes escritas sumamos, desde Gailurretan, el recuerdo personal de quienes dedicaron su vida al ganado.
[1] Enrike Ibabe Ortiz, «Cabañas y abrigos pastoriles en las sierras de Ordunte y Mesada (Karrantza, Bizkaia, Euskal Herria)», Kobie. Serie Antropología Cultural, XI (2004/2005).
[2] Gobierno Vasco: designación de Ordunte como Zona Especial de Conservación; Diputación Foral de Bizkaia: Zona Especial de Conservación de Ordunte y Usos del lugar.
[3] José Miguel de Barandiaran y Ander Manterola (dirs.), Ganadería y pastoreo en Vasconia, Atlas Etnográfico de Vasconia, vol. 11, Etniker Euskalerria–Instituto Labayru, 2000.
[4] Isabel Echevarría Isusquiza, Corpus de toponimia carranzana: materiales para el estudio del castellano de Vizcaya, Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatea, 1999.